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c i e g o

c i e g o

Con mi medio cuñado Luis, que también es ciego (como yo) tenemos la costumbre, de vez en cuando, de dar largos paseos por el campo con los pies descalzos. Nos gusta escuchar los pequeños ruidos que forman el silencio, reconocer las piedras con las plantas de los pies, ir sintiendo como baja la temperatura, etc. Así se nos pasan las horas y algunas veces nos pilla la noche.
El otro día, muy tarde ya, volvíamos hacia el camino principal en plena oscuridad cuando oigo que mi amigo se retrasa y le pregunto:
- ¿Que haces?
- Enciendo la linterna.
- ¿Para que? ¿No ves lo suficiente? - Le dije en broma.
- No es para ver - Me contestó - Es para que me vean.

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Hace muchos, muchos años, yo compartía piso con un viejo sordo y otro parapléjico. Como algunos de vosotros sabéis yo soy ciego de nacimiento, así que entre los tres formábamos una extraña familia, digamos que... nos complementábamos.
Pues estaba yo aquella noche tomándome un café sin cafeína y fumando un cigarrillo sin nicotina mirando el paisaje por la ventana. Me entretenía mirando los arboles sin raíces y contemplando como las urracas sin alas llevaban comida a sus hijos sin pico cuando de pronto vi una cabra sin patas comiéndose las flores de mi jardín de arena. Enfurecido, cogí mi fusil sin cañón y la maté.
Cuando estaba cavando el pozo para enterrar al animal empezaron a pasar algunas cosas raras. De mi propio jardín empezó a brotar petróleo blanco. Fui corriendo a coger un cubo y una fregona para arreglar aquel desastre, pero con tan mala suerte que una serpiente sin cabeza me mordió en el cubo y éste empezó a desangrarse. Mientras intentaba en vano cortar la hemorragia, un río sin agua se desbordó y se llevó todo por delante.
-¡Socorro! ¡Socorro! ¡La cabra muerta se ahogará en el río sin agua!
A esta llamada desesperada contestó mi amigo sordo que fue a buscar a mi amigo paralítico. Éste, valientemente se arrojó al río sin agua y se puso a nadar para salvar a la cabra muerta que se iba a ahogar.
En aquel preciso instante apareció nuestro vecino mudo, que gritó:
-¡No os preocupéis! ¡Dejadme a mí!
Y fué y rescató a la cabra y le hicimos el boca a boca y resucitó.
Entonces la cabra muy enfadada se puso a insultar y a dar patadas a todo el mundo y dijo:
-¡Todo es mentira! ¡Pura mentira!
Y todo desapareció. Que pena.

Mi amigo y colega Stephen Hawking me mandó ayer un e-mail donde me cuenta una serie de experimentos que por lo visto están haciendo para demostrar la pertinencia de la física cuántica o algo así.

Transcribo:

EXPERIMENTO 1:
1- Encerramos a un grupo de 100 moscas en una caja.
2- Observamos que las moscas no pueden salir, caminan por las paredes, se mueven lentamente.
3- Abrimos la caja rápidamente y gritamos ¡VOLAD!
4- Absolutamente TODAS las moscas salen volando.
CONCLUSIÓN: En situaciones de stress, las moscas obedecen.

EXPERIMENTO 2:
5- Volvemos a encerrar a las mismas moscas en la misma caja, pero esta vez le cortamos las alas.
6- Abrimos la caja y gritamos ¡VOLAD!
7- Absolutamente NINGUNA mosca vuela.
CONCLUSIÓN: En situaciones de stress extremo, las moscas se vuelven sordas.

Este sábado como no había nadie en Madrid, con mi amiga Campanilla decidimos ir al Museo del Prado. Campanilla no es su verdadero nombre, pero me ha dicho que dadas las circunstancias prefiere permanecer en el anonimato.
Queríamos ver "El jardín del las delicias" de El Bosco. Desde que vivo en Madrid ya he visitado este cuadro unas 250 veces y creo que siempre es como la primera vez..
Esta vez Campanilla hacía de guía y me explicaba lo que veía al oído:
- Veo pájaros y ratas gigantes. Adán y Eva, despreocupados e irresponsables han engendrado miles de hijos que bailan, ríen, copulan y se matan entre sí. En este paraíso el mal acecha por todas partes. Hay insectos mutantes y frutas podridas. Casi puedes olerlas. Hay un ejercito de sombras que...
La voz de mi amiga se fue apagando hasta que ya no pude oír nada. Esperé un momento y la busqué con mis ojos que no ven.
- ¿Campanilla?
No respondió porque no estaba allí. Había desaparecido. La busqué por todos los rincones y por las salas contiguas, pero fue inútil. Pensé en un secuestro, pensé en un psicópata con pretensiones artísticas que la estaría cortando en pedacitos para deconstruirla y también pensé cosas peores, así que fui corriendo a buscar a un guardia y le conté lo ocurrido.
-He perdido a mi acompañante. Ha desaparecido.
-¿En la sala de El Bosco? No se preocupe. No ha ido demasiado lejos.
Entonces me contó que sucedía de vez en cuando, que cuando a alguien realmente le gustaba ese cuadro era fácil que penetrara en él. Pero que tarde o temprano todos salían.
Estuvimos esperando todo el día. Los turistas japoneses se fueron. Y los americanos y los italianos y hasta los argentinos. Cuando el altavoz del Museo avisó que iban a cerrar y se empezaban a apagar las luces el viejo guardia se acercó al cuadro y dijo:
-Su amigo le está esperando...
No hubo respuesta.
-Y tenemos que cerrar.
Entonces Campanilla apareció. Parecía muy cansada y dijo que no tenía ganas de hablar.
Al salir quise poner una queja porque realmente me parece una irresponsabilidad de parte del Museo exponer un cuadro que secuestra a la gente, pero me dijeron que ellos no se hacían responsables. Que el cuadro no tenía ninguna culpa. Que las visiones nacen del que mira.

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Todos los veranos desde que yo tengo memoria hasta los 11 o 12 años los pasábamos en la playa con mi hermano Miguel y mis padres. Ibamos a los mismos apartamentos todos los años. Desde que terminaban las clases hasta que volvían a empezar. Veranos largos y aburridos donde hacíamos cualquier cosa para entretenernos.
Uno de los juegos que recuerdo se llamaba "siervo, señor y verdugo". Se juegaba entre tres personas y sólo se necesitaban un par de chanclas por jugador. Ideal para jugar en la playa.
¿Como se jugaba? Muy fácil, cada uno tiraba sus chanclas con fuerza hacia el cielo, si cuando caían quedaban boca abajo eras el siervo, si quedaban boca arriba eras el señor y si quedaban una para cada lado eras el verdugo. Si había algún empate se volvía a tirar.
Entonces el señor decidía un castigo que el verdugo debía aplicar al siervo. Normalmente eran golpes con las mismas chanclas en las palmas, la cabeza, el culo, la barriga o los huevos. El siervo debía aceptar el castigo sin protestar y era obligación del verdugo aplicarlo sin saña pero con rigor. Estaba absolutamente prohibido abandonar el juego, salvo que fuera por común acuerdo de todos los participantes o porque nos viniera a buscar algún padre. Y por supuesto, también estaba prohibido contarle nada a nadie.
Yo como señor creo que fuí duro e imaginativo pero nunca vengativo, como verdugo rápido e imparcial y como siervo... nunca lloré.

guau

guau

Llevo casi 10 años enseñándole a mi perro a jugar al póquer. Desde que era cachorrito.
Primero le enseñé a sentarse en la silla, sobre su culo, con las patas delanteras una sobre otra, delicadamente cruzadas sobre la mesa. Tardó casi 2 años en aprender. Luego tardó otros 2 en saber mezclar y repartir las cartas.
Enseñarle el valor de las cartas y la forma de jugar fue más duro aún. Tardamos casi 5 años más. Se dice pronto. Cinco años con todos sus días y sus noches.
Pero con paciencia lo hemos logrado. Ahora mi mejor amigo es un jugador excelente. Lástima que cuando tiene una buena mano se le mueva la cola.

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Mi hermano pequeño es ateo practicante.
Aquel año volviendo de un viaje por mar, en algún punto cerca de Gambia, su barco se hundió. Lo buscamos desesperadamente durante meses pero al no encontrarlo finalmente lo dimos por muerto.
Pero varios años después apareció con vida en una pequeña isla que, ya lo habréis adivinado, no figuraba en los mapas.
Se había apañado muy bien. Construyó una casa con muros de adobe y techo de hojas de palmera, un estanque para almacenar agua de lluvia, una empalizada para protegerse de las fieras, un corral para las cabras y una pequeña capilla con un altar.
Cuando le pregunté para que construyó la capilla me explicó:
-Para no ir. Claro.

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Mi amigo Wilbur tiene dos relojes. Si le preguntas por que, te dirá que porque tienen distinta hora.
-En éste son las 10 y media. Y en éste otro son las 3 de la tarde.
-¿Y para que llevas dos relojes, si cada uno tiene una hora diferente?
- ¡Si tuvieran la misma hora sólo llevaría uno!

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Dos borrachos discutían violentamente anoche debajo de la ventana de mi casa. Como hacía calor y me estaba costando dormir decidí asomarme para ver que pasaba. Me vestí rapidamente y salí a la calle.
¡Realmente estaban muy enfadados! En cuanto me vieron uno de ellos empezó a insultarme y a golpearme con todas sus fuerzas mientras el otro me quitaba las zapatillas. Luego, ambos salieron corriendo, cada uno en una dirección.
Al volver a la cama mi mujer me preguntó:
-¿Por qué peleaban esos dos?
-Creo que por culpa de mis zapatillas. En cuanto las han tenido, se han calmado.

c u e n t o

c u e n t o

Una mujer muy santa se estaba dando un baño en el rio, totalmente desnuda. De repente un anciano famoso por su bondad y sabiduría pasó por allí y la vio. Sorprendido y desconcertado se dio rápidamente la vuelta y pidió disculpas. Pero la mujer le reprendió con las siguientes palabras:
-¿Que es lo que no quieres ver? Si me miraras como a las vacas pastando en los campos, también desnudas, no tendrías que cerrar los ojos. Si me miras con temor es porque todavía haces diferencia entre tú y yo. Estás atrapado por la dualidad y el deseo.
El anciano intentó entender y tal vez entendió, pero aún siguió allí mucho tiempo, con los ojos cerrados.

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Una antigua novia mia solía llevar colgado de su cuello un diente de ajo atravesado con un imperdible y atado con un hilo rojo. Por lo demás era una mujer elegante y sobria, por lo que ese detalle no acababa de encajar con su forma de ser.
Un día le pregunté que era aquello y me dijo:
-Es un Yuyu. Un amuleto contra los vampiros.
-Pero si los vampiros no existen. -le dije.
-Ves... ¡Funciona!

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Esta es la historia de un milagro.
Estaba yo hace un par de días preparándome el desayuno cuando por un descuido se me cayó una tostada y... aquí viene el milagro: no cayó del lado de la mantequilla.
Así es. Al contrario de todas las tradiciones, las costumbres y las leyes escritas y no escritas del mundo, la tostada había llegado al suelo del lado del pan sin untar.
Mi mujer y mi cuñada contemplaron el fenómeno y se lo contaron a sus amigas y amigos y a sus hijos y a los amigos de sus hijos, de manera que en poco tiempo la noticia había corrido por toda la ciudad. Pero además a eso del mediodía llegó la televisión y antes de caer el sol ya lo sabía todo el planeta.
Vinieron a casa sabios de todo el mundo y sacerdotes de todas las religiones. Durante toda la noche y el día siguiente estuvieron discutiendo si era posible, si era probable o si fue realmente un milagro. Pero no había forma de que se pusiesen de acuerdo.
Hasta que llegó Stephen Hawking en su sillita de ruedas con su ordenador portátil, miró la tostada y dijo:
-No es que la rebanada haya caído mal. Es que tu has puesto la mantequilla en el lado equivocado.

v i v e c a d a d í a c o m o s i f u e r a e l ú l t i m o .
a l g ú n d í a a c e r t a r á s.

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Angustiado el discípulo acudió al maestro y preguntó:
-Maestro ¿como puedo liberarme?
Y el sabio contestó:
-¿y quien te ata?

...

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Aquel viaje iba a durar toda la noche. Pensé que había tenido mucha suerte de conseguir lugar en el coche dormitorio, pero el destino había decidido que esa noche no podría dormir.
Compartía departamento con tres hombres solos, como yo. A eso de las diez de la noche decidimos apagar la luz e intentar descansar. Pero no pasaron ni cinco minutos cuando empezó a escucharse una voz que decía:
-¡Ay, qué sed tengo! ¡Ay, qué sed tengo!
Era uno de los viajeros que se quejaba de no poder soportar su sed, impidiéndonos dormir a todos los demás. Y siguió así, insistente y monótonamente, durante horas y horas.
-¡Ay, qué sed tengo! ¡Ay, qué sed tengo!
Y ya resultaba tan molesta su queja, que uno de los hombres se levantó, salió del departamento, fue al lavabo y le trajo un vaso de agua. El hombre sediento bebió con avidez y todos aliviados nos dispusimos a conciliar el sueño.
Pero transcurrieron unos minutos y la misma voz comenzó a decir:
--¡Ay, qué sed tenía! ¡Pero que sed tenía!
Y así hasta que se hizo de día.

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. . . tendencia

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Si les damos tiempo, las galleitas, que comienzan siendo crujientes y duras, se ablandan.
Pero las magdalenas y otros bollos, que empiezan siendo esponjosos y blandos, se endurecen con el tiempo.

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Observo esta obstinada tendencia a ser lo contrario de lo que somos hasta en las cosas más sencillas.