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Este fin de semana fuimos toda la familia a visitar a Mortadelo. Le llevamos una camiseta que ponía: MAD 2 THE BONES. La psiquiatra había dicho que no le parecía buena idea, pero a él le gustó. Por suerte no ha perdido el sentido del humor.Conocimos a un colega suyo, Sandokán (por supuesto que no es su verdadero nombre). No parecía peligroso, le faltaba la mano izquierda, tenía la típica mirada perdida propia de la medicación y llevaba una ratita gris en el bolsillo de la camisa.
Mortadelo nos contó su historia.
Sandokán nunca fue violento. Vagaba el día entero por los jardines del Frenopático, hablando con todos. Incluidos los animales y las plantas. Una tarde vio a un gato arrinconando a una rata y le dijo:
- ¿Que haces? ¡Déjala en paz!
- La rata es mía. No te entrometas. - Le dijo el gato.
- No es tuya. No te pertenece.
- Es mi alimento.
- ¿No ves que está asustada? - Dijo Sandokán, recogiendo a la rata con sus manos.
- Yo me alimento de ratas y ratones. Es el orden inmutable de las cosas.
- ¿Que orden es ése?
- Tengo hambre y debo comer.
- No me gusta tu orden. La rata ha querido que la proteja y no la abandonaré.
- Desde que existen los gatos y las ratas siempre ha sido así. Desde el comienzo de los tiempos esta rata ha sido destinada para ser mi alimento hoy. No puedes ir contra el destino.
- El destino me besa el culo - Dijo Sandokán ya perdiendo la paciencia - A partir de ahora mi voluntad es más fuerte que la historia, la lógica y el destino.
Entonces el gato suplicó:
- Por favor. Si no lo como moriré... Y tengo hijos que alimentar. Soy el único sostén de mi familia... Tu justicia es una justicia cruel y falsa que siega vidas.
- Tienes razón, amigo gato, pero tu puedes comer otra cosa. Caza pájaros o come gusanos o frutas.
- Los gatos no comemos vegetales y los pájaros son demasiado rápidos para un gato viejo como yo. Moriré de hambre.
- Te daré lo que quieras. Conseguiré alimento para ti.
Y entonces el gato, sabiéndose dominador de la situación dijo:
Sólo aceptaré una cosa. Si realmente amas a esa rata... sacrifícate. Corta un trozo de tu propia carne, que pese lo mismo que ese animal y dámelo.
Y Sandokán no se lo pensó dos veces. Fue a la cocina cogió un cuchillo muy afilado y antes de que los enfermeros pudieran detenerlo se cortó la mano izquierda.
En cirugía pudieron detener la hemorragia y poco a poco todo volvió a la normalidad.
Pero nadie encontró la mano. Ni al gato.
Mi abuelo Ángel era un tipo de campo. Sencillo y trabajador. Todos los días se levantaba una hora antes que el sol y llevaba sus animales a un prado que tenía a un par de kilómetros de su casa, montaña arriba. Con sol, lluvia, viento, niebla, frío, barro o nieve. Eso sí que era caminar por el lado salvaje.
Uno nunca sabe donde puede cruzarse con una revelación.
Debido al frenético ritmo de la vida moderna y tal vez también a la creciente relajación de las sanas costumbres de la familia tradicional, tengo que reconocer que en casa llevamos casi una semana sin fregar los cacharros de la cocina.